sábado, 19 de diciembre de 2015

El vecino molesto

Una noche me despertó un ruido que se repetía sin cesar. Era mi vecino del piso de arriba que se paseaba  y sus pasos resonaban pesadamente sobre el techo. ¡Aquello era insoportable! ¡Cada vez estaba yo más nervioso!



Yo no lograba dormirme otra vez. Aquellos pasos me obsesionaban. Mire el reloj. Eran las dos de la madrugada. Entonces ¡me entró una rabia...! Yo debía ir al trabajo por la mañana temprano y necesitaba descansar, dormir. Y mi vecino paseándose sin parar, sin consideración alguna. Y no pudiendo hacer otra cosa, me puse a maldecirlo, a desearle toda clase de males. Me decía: “Mañana iré arriba y le romperé la cara”. Entonces yo era joven y podía hacerlo.

Al día siguiente fui al piso de arriba y sólo entonces me enteré de que el hijo de mi vecino había muerto aquella misma madrugada y durante toda la noche el afligido padre había paseado en sus brazos al pobre niño, abrasado por la fiebre, como para impedir que se le fuera, como para infundirle su vida, su vigor, para que el niño no sufriera tanto...

¡Me dio tanta pena, Señor!... Hoy me han vuelto a la memoria aquellos pasos en la noche... ¿Qué sabemos nosotros, Señor? Nuestra interpretación de los hechos es a menudo equivocada. Haría falta conocerlo todo, absolutamente todo, para poder juzgar y ni así bastaría.

(Acto segundo de la obra teatral: “La torre sobre el gallinero”, de Vittorino Calvino, en el momento en que Andrés dialoga con el Señor).

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